1 de Enero de 2011.
31 de Diciembre.
Todos sabemos que el final del año puede ser significativo, uno despide el año, hace “corte de caja” o “inventario”, hace su lista de “los mejores” y “los peores”. Hay quienes hacen su lista de propósitos y un largo etcétera de actividades que van desde “las reuniones” de todo tipo, hasta los rituales.
Este día sentí una profundísima nostalgia, el homesick que le llaman. La mamá, las tías, los tíos, los hermanos, los sobrinos, los amigos, las amigas, la casa, la comida, el sol, el calor, los días azules, el viento y una larga lista de etcéteras. Me queda muy clara esta impresión o esta idea de frío que se identifica con la nostalgia, con lo blanco (y no como pensaríamos, con lo azul; creo que son nostalgias distintas). Sentía mucho frío.
Sin embargo, dos personas tuvieron a bien cobijarme y hacerme sentir calorcito. Es difícil explicar cuánto cariño puede uno sentir de los amigos. Cómo me sentí de acogida por Nassim y por Lou (su mamá, quien me permitió llamarle así). Así como hay un millón de detalles maravillosos por los que me hice consciente de cuánto quiero a mi familia y a mi casa, por cómo es posible hacer vida con ellos. También hay un millón de cosas inimaginables por las cuales, alguien te puede hacer sentir como si estuvieras en casa. ¿Cómo lo lograron estas dos personas? Sólo puedo decir que con mucho mucho cariño.
Copenhague es un poco difícil en invierno. No sólo es el frío que es húmedo, no sólo es la nieve que se comporta caprichosamente y además de adornar bellamente los paisajes, vuelve muy difícil caminar. También es el sol, es el cielo blanco, a veces plateado, es que no amanece. De no haber sido por estas dos personas, creo que habría dicho Copenhague “es muy muy difícil”, hubiera cambiado mi boleto y habría comenzado el año en México.
Al final del año, pensé que había sido el mejor de muchos. Que no podía ser más afortunada. Tengo el honor de pertenecer a una hermosa familia y sí, también tengo el honor de contar con amigos, com Nass y como Lou, que están tan cerca de mi, que logran hacerme olvidar el frío infernal. Estoy viviendo algo que pensé no hacer en mucho mucho tiempo y lo hago con salud, con familia y amigos.
Queridos, mis muy queridos,
¡¡¡Todos ustedes vuelven el frío, una razón más para jugar, hacen que vencer al insomnio sea una esperanza cada noche, que el cielo plateado se vuelva surrealista, que despertarse temprano sea un reto, que intentar salir a correr sea EL reto y que exista un indescriptible placer al hacerlo en medio de una tormenta de nieve!!!
¡Gracias familia! ¡¡Los llevo cerquita de la piel, las entrañas y el corazón, en las botas que no suelto, en mis chamarras de colores inimaginables en una Chena, en las que son de colores imaginables, en palabras, en la cocina, y sobre todo, en muchísimo amor!!
¡¡¡Gracias amigos, mi otra familia. Todos ustedes han hecho una gran aventura de mi vida y ciertamente, soy una mujer más feliz gracias a todo su cariño y apoyo!!!
¡¡¡¡Gracias Nass!!!! No tengo palabras para decir todo lo que tengo que agradecerte y lo sabes.
¡¡¡¡Lou, Gracias muchas Gracias!!!! ¡¡Mucho cariño durante muchos años y al fin tuvimos la oportunidad de explotarlo!!
Mucho amor para todos ustedes.
Fredericksberg
31 de Diciembre de 2010.
Chena, Kierkegaard, Nicolaus Notabene, Johannes Climacus y Fredericksberg.
Salimos de casa y caminamos por algo más de una hora. El día anterior no había dormido nada, de nuevo. Sin embargo, conservaba buen ánimo pues había salido el sol el día anterior. Además, era fin de año. Seguramente por todas estas razones y más, sentía menos frío. Según yo, hacía mucho menos frío.
Llegamos un poco cansados. Pensamos que no podríamos hacer el recorrido de vuelta pues el frío comenzaba a hacerse más intenso. Tomaríamos el autobús.
Me acuerdo perfecto de estar pensando en cuánto me costaba recuperar el aliento, de pensar en la gripe infernal, de pensar en la gimnasia y cuánto me había costado hacerme de condición, cuando vi un paisaje maravilloso.
Hacia la izquierda, un corredor lleno de árboles. Hacia la derecha un paisaje abierto y unos campos de soccer cubiertos de nieve. En ese momento, fragmentos de aquél pasaje maravilloso donde Kierkegaard comienza a relatar cómo es que tomaría la decisión de ser escritor, comenzaron a pasar por mi cabeza.
Un instante después y alternadamente a esas líneas, pasaron un millón de ideas, recuerdos, planes, horas de danés, universidad, maestros, mentores, otros viajes, un boleto de avión, mi familia, mis amigos, mis quereres, Ciudad de México, Londres, dos aeropuertos, dos asistentes de vuelo, mi maleta, Nassim, Burger King, Lou, el metro, Tivoli, calles, LA calle, el número 12, escaleras con los escalones más altos en los que he subido una maleta, un último piso y un departamento de ensueño.
Había llegado a Copenhague.
Una felicidad enorme me invadió y al mismo tiempo, mi nostalgia que sólo se me había sugerido, se pronunció fuertemente también. Uno de los momentos más hermosos que he pasado.
Me instalé en el mood de K. Pensé en mi vida, en mis planes y en todas esas cosas que forman parte de ellos. Pensé en mi persona, mis alcances, mis límites. Tomé decisiones. Creo que crecí un poquito.
Había salido de viaje. Con todas las consecuencias que ello involucra. Había llegado a Copenhague. Con toda la vida que eso trae.
Había llegado a Copenhague.
31/12/2010 Kierkegaard og Fredericksberg have
Kierkegaard, Nicolaus Notabene, Johannes Climacus y el Jardín Fredericksberg.

Tomado de KIERKEGAARD Søren, Postscriptum no científico y definitivo a las Migajas Filosóficas, Traducido por Nassim Bravo Jordán. Prólogo por Leticia Valadez. México: UIA 2008.
CUP VII 154:“Hace ya cuatro años que se me ocurrió la idea de probar suerte como autor. Lo recuerdo muy claramente. Era un domingo; sí, un domingo por la tarde. Como de costumbre, estaba sentado en la terraza del café del jardín Frederiksberg, aquel maravilloso jardín que para un niño hacía las veces de tierra encantada donde habitaban el rey y la reina, aquel jardín encantador que al joven regalaba con agradables diversiones en la dichosa alegría popular, aquel amable jardín donde incluso la envidiable gloria de la realeza es lo que realmente es: el recuerdo de una reina por su difunto señor. Allí, como era mi costumbre, me sentaba a fumar mi puro. Por desgracia, la única similitud que he podido encontrar entre el inicio de mi fragmentaria empresa filosófica y el milagroso comienzo de aquel héroe poético, es que se trataba de un lugar público. Fuera de ello no hay ninguna semejanza, y pese a que soy el autor de las Migajas, mi labor es de tal insignificancia que no soy más que un extranjero en el mundo literario. Ni siquiera he hecho aportación alguna a la literatura de suscripción, donde a decir verdad, no puede afirmarse que ocupara un lugar de importancia.
Había sido estudiante por una decena de años. A pesar de que nunca fui perezoso, toda mi actividad era, no obstante algo parecido a una espléndida inactividad, una especie de ocupación que todavía prefiero y para la cual quizá tenga un poco de talento. Leía copiosamente, y pasaba el resto del día haraganeando y pensando o pensando y haraganeando, pero nada resultó de ello. Acaparaban la vida cotidiana mis brotes productivos, los cuales consumíanse apenas florecer. Un inexplicable poder de persuasión, fuerte y astuto a la vez, teníame constantemente aprisionado, y me cautivaba en virtud de su persuasión. Este poder era mi indolencia. No es esto como el impetuoso anhelo del amor ni como el potente impulso del entusiasmo; es más bien como una mujer que te retiene en casa y con la cual llévase uno muy bien, tan bien que nunca se le cruza a uno la idea del matrimonio. Al menos estoy seguro de esto: A pesar de que, por lo general, no desconozco las comodidades de la vida, la indolencia es la más cómoda de todas las comodidades.

CUP VII 155: De modo que estaba allí fumando mi puro, cuando me vino un pensamiento. De entre todos los pensamientos, recuerdo éste precisamente. Los años pasan, me dije, te vuelves un viejo sin vicio ni beneficio y nunca has emprendido realmente nada. Por otro lado, dondequiera que mires, ya sea en la vida o en la literatura te encuentras con nombres y figuras de celebridades, hombres aplaudidos y altamente aclamados, prominentes u objeto de conversación, los múltiples benefactores de la época que saben cómo beneficiar a la humanidad haciendo cada vez más fácil la existencia, algunos construyendo vías ferroviarias, otros por el ómnibus o el barco de vapor, otros por el telégrafo, otros produciendo trabajos de divulgación y breves publicaciones acerca de todo aquello digno de conocerse, y finalmente los verdaderos benefactores de la época, que en virtud del pensamiento sistemático vuelven cada vez más fácil –aunque cada vez, más llena de significado- la existencia espiritual -¿y tú que estás haciendo?
En este punto mi introspección quedó interrumpida debido a que habíase consumido mi puro y uno nuevo tenía que ser encendido. Entonces me puse a fumar de nuevo, y repentinamente cruzó por mi mente este pensamiento. Debes hacer algo; sin embargo, puesto que debido a tus limitadas capacidades te resultaría imposible volver algo más fácil de lo que es, debes en cambio darte a la tarea, con el mismo entusiasmo humanitario de los demás, de volver algo más difícil. Esta idea me agradó sobremanera; resultábame asimismo halagador que por este esfuerzo llegara a ser tan amado y respetado como cualquier otro por la comunidad entera. En otras palabras, cuando todos se reúnen para volverlo todo más fácil de cualquier manera, resta sólo un posible peligro, a saber, que la facilidad llegue a ser tan grande que al final todo sea demasiado fácil. Así que sólo queda una carencia, pese a que nadie la haya aún percibido: la carencia de dificultad. Por amor a la humanidad, por mi desesperación a causa de mi incómodo predicamento por no haber logrado nada y de ser incapaz de volver algo más fácil de lo que ya es, por genuino interés por aquellos que todo lo vuelven más fácil, por todo ello he llegado a comprender que éste es mi deber : crear dificultades por todas partes. Especialmente impactante resultábame el hecho de que no tuviera que agradecer sino a mi indolencia por haberme apropiado de este deber. Lejos de haberlo descubierto, como Aladino, por un golpe de suerte, tengo más bien que suponer que mi indolencia, impidiendo que siguiera oportunamente el camino de volver las cosas fáciles me obligó a elegir la única alternativa restante”.

31/12/2010 Fredericksberg Have og Kierkegaard.
El Jardín Fredericksberg y Kierkegaard.
Hay un par de pseudónimos de Kierkegaard que no sólo son los que mejor conozco, son los que más me gustan. Uno se llama Nicolaus Notabene y el otro Johannes Climacus. El primero, un marido diligente que, por azares del destino se le ocurrió la puntada de escribir obras. Sin embargo, su mujer cree que eso es una abierta infidelidad y se lo prohíbe. Él, por amor y respeto a su esposa, decide entonces, escribir sólo prefacios.
Johannes Climacus es un psicólogo humorista, frustrado por la especulación. Johannes es un tipo muy erudito, quién habiendo pasado años y años estudiando filosofía y enamorado de ella, al ver que no resolvía un montón de cosas y que confundía casi todo, se habría chalado y terminaría siendo un anti-especulador-especulador, teórico-antiteórico.
Kierkegaard era un tipo que caminaba y que era mucho de salir a dar una vuelta por esta hermosa ciudad, que si ahora es pequeña, lo era aún más en sus tiempos. Uno de los lugares favoritos de K, era el jardín de Fredericksberg.
El jardín Fredericksberg aparece varias veces citado en los diarios y también funge de escenario en una obra de K, El Postscriptum no-científico y definitivo a las Migajas Filosóficas.
El pasaje de los diarios de Kierkegaard que cita a Fredericksberg está firmado, por Nicolaus Notabene. El Postscriptum está firmado por Johannes Climacus. En alguna biografía se dice que K escribió y publicó esta parte pues temía que su muerte lo asaltara a la edad de los 33 y quería dejar las cuentas claras sobre su autoría.
En el siguiente post, copio el fragmento que más me gusta de K, Nicolaus Notabene y de Johannes Climacus. Tiene que ver con su autoría, con las decisiones y con Fredericksberg. Si les da flojera, sáltenselo, por favor.
30 de Diciembre.
Jægersborg Dyrehave.
Este día fuimos al Parque de los venados o jardín de los venados, de Jægersborg. La verdad, no vimos a los venados en esa ocasión. Sin embargo, vimos lo que es jugar en la nieve, aprendí que es jugar a “ir al bosque” y aunque nunca aparecieron en las fotos, llevé mis burbujas. Definitivamente, uno de mis momentos más plásticos, lúdicos e infantiles de final de año. Me acordé mucho de mis niñitos y de mi niñita. Seguramente, habrían estado felices siendo arrastrados por sus padres y tíos en un trineo o echándose de una colina.
30 de diciembre
S-Tog
Este día fue especial porque fue la primera vez que tomamos el S-Tog. Se pronuncia de una forma rara: algo así como “es-tou” pero al final, la u se corta. (El danés se ha convertido en el idioma que más me ha costado aprender). No es metro, es un tren y te lleva a lugares hermosísimos. Caro pero increíblemente cómodo.
29 de Diciembre. Jardín Botánico.
Recuerdo bien que ese día, escribí algo aquí. Fue el primer día que se fue la confusión entre el sueño y la vigilia, que comenzaron a ordenarse los recuerdos y que salió el sol. Me liberé, aunque fuera por poco tiempo, de aquel artículo que me oprimía el alma. Decir que sale el sol en Copenhague, en esta época del año, es algo milagroso. Milagro. Salió el sol y yo logré salir.